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viernes, 31 de julio de 2015

Ellos estuvieron ahí

Todos los derechos de la foto Pinterest
Isabel sale de su casa como todas las noches junto con su perro, para recoger a Alejandra su hija, en la estación del bus. Por el camino la
mascota se siente incómoda, lo que nunca hace de jalar fuerte para ir al encuentro con su ama, lo ha hecho hoy. Por el camino le ha ladrado a todo el que pasa por el lado y sin más ni más, le buscó pelea a un perro dálmata del vecindario.


Isabel se inquieta y la obliga a seguir porque ya están sobre el tiempo para encontrarse con su hija.


Alejandra es estudiante universitaria, tiene que ir cada día las afueras de la ciudad, ella termina clases a las siete de la noche y normalmente está arribando al paradero a las 8:15. Tienen los minutos encima, ya son las 8:10 de la noche y todavía les faltan algunas cuadras.


Agitadas Isabel y la mascota llegan a tiempo, la ven bajar del autobús y como siempre su perro se abalanza para saludarla, luego del abrazo de llegada comienzan a caminar por la calle solitaria, que a un lado limita con un parque oscuro y por el otro con conjuntos residenciales. La fría noche hace que la calle sea más solitaria que de costumbre.


De repente ven venir a un hombre que trae un abrigo  con capucha, el cual sigue de largo, pero a unos pasos se devuelve y le coloca a Alejandra un puñal en el cuello y le quita el bolso. Esto sucedió en fracción de segundos. Cuando Isabel se percató de la situación y quizá su instinto maternal funciono, con su brazo le pega al cuchillo retirándolo del cuello de su hija, el hombre sale corriendo.
Isabel presurosa la revisa, Alejandra por fortuna, salió ilesa del arma. De pronto aparece un carro y el conductor  pregunta:
¿Están bien? ¿Les hizo algo? ¿Qué se robó?
Alejandra asustada le responde mi bolso y tengo allí mi uniforme, el celular, libros y cuadernos. El hombre no lo pensó, le dio reversa al vehículo y comenzó la persecución. A la par Isabel dijo


De pronto la calle que unos minutos antes estaba solitaria se llenó de vehículos y gente. Ellas gritaban  —¡Cójanlo, es un ladrón! ¡Ladrón! ¡Nos robó!
—Señor envíanos tu ejército, dijo Isabel y junto con la joven  y la mascota comenzaron a correr  y a gritar tras el sujeto.

A la mascota el lomo se le erizo y ya no era Isabel quien la controlaba, sino era ella quien estaba a pocos metros del ladrón, está desesperada. La madre intento soltar al animal, pero hubo algo que le advirtió que si lo hacía el hombre la podía herir con el arma y entonces la mantuvo a paso veloz.


El conductor que inició la persecución se había bajado del vehículo cerca de la avenida principal que colinda con la carrilera del tren, tomó del brazo al ladrón, había demasiado el flujo de carros que tuvo que soltarlo. El sujeto desapareció por las vías del ferrocarril.


El hombre se devolvió desconsolado y solo acato a decir — ¡Lo siento! lo intente, pero si seguía tras de él corría peligro mi vida.


Madre e hija tristes llegaron a su casa, tratando de explicarse el porqué de esta situación. Alejandra se lamentaba, tenía todo lo que necesitaba para la evaluación del día siguiente: su uniforme, instrumentos, cuadernos, libros, la tablet, el celular y su billetera con todos los documentos de identidad. Solo decía ¡Ya nada puedo hacer! y su rostro se perdía tal vez en el miedo del momento y en la angustia de volver a enfrentar la calle y su examen.


Al día siguiente, la estudiante salió a las seis de la mañana en compañía de su madre quien la bendijo y la dejo en el transporte rumbo a la universidad.


Hacia las 10 de la mañana suena el celular de Isabel
—Hola mami

—Hola Hija ¿Cómo estás?
—Me han llamado de la dirección de la facultad para decirme que una mujer habló por teléfono con el director de la carrera y que tiene mi bolso.
— ¿Cómo así?
No entendían cómo una mujer lo tenía, si fue un hombre joven quién lo robo. Alejandra le dio el número e Isabel se colocó en contacto con la mujer.


La madre tuvo temor de ir sola a un conjunto de casas cercano al suyo y espero la llegada de su esposo para ir juntos. Así que acordó la cita para la noche.

Al llegar al lugar el portero de las casas los anunció y con bastante temor, ingresaron al sitio. Golpearon a la puerta de la residencia y una mujer de unos sesenta años, con unos rasgos muy elegantes abrió y los hizo seguir. 
Se acomodaron en una sala amplia, decorada exquisitamente, con ángeles y pinturas muy especiales. Beatriz, que así se presento la anfitriona, estaba con su esposo Federico, un hombre mayor con acento capitalino.

Isabel inquieta le pregunta: si usted estaba en su casa ¿cómo fue que encontró el bolso de mi hija?

 —Esta mañana muy temprano, salí como lo hago tres veces a la semana al salón de belleza para que me arreglen el cabello y tengo que pasar por la carrilera del tren. De pronto a un costado de los rieles, vi un bolso, nunca encuentro nada, pero me llamo tanto la atención y recordé la situación de la noche anterior que lo recogí. El bolso estaba cerrado, muy frío por el hielo del amanecer, pero cerrado.
Isabel y su esposo se miraron con cara de incredulidad y sorpresa.

Beatriz prosigue, —Luego de salir del salón vine a casa, lo abrí y encontré un uniforme, unos instrumentos, cuadernos, su celular, intente buscar algún número telefónico pero estaba bloqueado.


Hace un alto y dice —Me disculpo, pero tenía que revisar todo a ver si encontraba en algún lugar de la cartera un número para avisar que lo había encontrado.


Los padres de Alejandra sonrieron pícaramente y de manera tierna, al sentir la honestidad de Beatriz.



Anoche pasadas las ocho de la noche oímos una gritería, nos asomamos  a la ventana que da a la calle y vimos a un hombre correr con algo en la mano, detrás un perro, una señora, una joven y dos hombres que gritaban que las habían robado. Detrás de ellos iba mucha gente, muchísima gente que también gritaba y en la vía de los vehículos había carros que pitaban. Nos asustamos mucho y nos dijimos con Federico que la inseguridad estaba tan incontrolable que era mejor llegar muy temprano a casa y no volver a salir más.

—Lo cierto es que en su billetera, que aún conserva su dinero, había un número telefónico de la universidad y por eso lo informe.

Los padres con un gesto de alegría y con palabras de agradecimiento, le preguntaron que si debían darle algo. Pero ella respondió.

—No,  solo hay varias cosas que me llaman la atención y que debo decirlas, quizá es tontería mía.

Los padres le dijeron que no había problema y le preguntaron —¿Qué es lo que la inquieta doña Beatriz?

—No es normal que uno encuentre en la billetera de otra persona con imágenes religiosas de los santos a los que uno es devoto, su hija tiene a la virgen, al niño Jesús de Praga o Divino Niño, al señor de los Milagros y al ángel de la guarda, y yo creo en ellos. Miren todos los ángeles que hay en este lugar, las pinturas del niño Jesús de Praga y a mi bien venerado Señor de los Milagros.

Isabel se apresura a contarle —la niña y nuestras familias fueron entregadas desde generaciones anteriores a estas divinidades católicas y  Alejandra las lleva siempre con ella. Pero  también me parece raro que haya esta coincidencia.

Beatriz, pregunta —¿Anoche, realmente ustedes estaban solas? porque eso es lo que me dicen.

—Estábamos la niña, el perro y yo.
—Entonces ¿Quiénes eran los hombres que estaban a los lados de ustedes?
—No había nadie, yo sentí mucha gente detrás, más no al lado.

Beatriz le dice, —quizá usted no los vio, pero estaban allí, se lo aseguro. Entonces Federico, dice —Yo también los vi.

A Isabel se le ilumina el rostro, sonríe y le dice —Una de mis pasiones es pintar ángeles de todos los tamaños, creo que de una u otra forma les doy vida con los colores para que cuiden a quiénes los compran. Hace un silencio, mira al cielo y continúa.

—Cuando sucedió el robo y luego de que yo revisara a mi pequeña, le pedí a Dios que me enviará su ejército y así lo hizo. Creo que he pintado tantos ángeles, que tuvieron vida para cuidarnos. Ésto me de muestra que ellos estuvieron allí. 

6 comentarios:

  1. Siempre hay alguien al otro lado que vela por nosotros. Me ha encantado tu relato. Un abrazo.

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  2. Mucha falta nos hace ese ejercito de ángeles en estos tiempos en los cuales la inseguridad se campe como pedro por su casa.

    Esta historia es una de tantas que nos suceden a diario, tal vez algún día cambie el decorado.

    gracias por visitarme,

    un abrazo.

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    Respuestas
    1. Hola Rafael Humberto, gracias por dedicarnos siempre un tiempo para leer nuestras historias.

      Infortunadamente no solo mi país, sino el mundo vive una inseguridad devastadora, pero por fortuna, el Cielo siempre tiene una legión y un ejército que protege a quienes creen en él.

      Recibe un cordial saludo.

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